Pocos son los parques que hay en Manizales. Aún cuando para el conteo oficial de zonas verdes un separador con arbusto cuente para el promedio de m2 de zona verde/habitante, faltan zonas de esparcimiento y más en la vía más importante de la ciudad, en donde no se encuentra una zona verde desde El Cable hasta el Cementerio (aprox. 2,5 km) y pocos balcones urbanos.

En el trayecto se encuentra un parque conocido como “El Parque de los Enamorados”. Llamado oficialmente Parque Rafael Arango Villegas, es un lugar que está presente en la memoria de los manizaleños. En sus primeras épocas fue punto de encuentro de muchas parejas, por la que se le dio ese nombre, y estaba provisto de árboles y lugares de estancia. Con la llegada del modernismo a la ciudad fue rediseñado en 1974 y las zonas verdes se minimizaron para dar espacio al paisaje como telón de fondo pero se sacrificaron la mayoría de árboles para dar lugar a pequeños arbustos.

Otro componente importante fue el mural realizado por el maestro Guillermo Vallejo y restaurado en varias ocasiones, hasta que vimos su completa desaparición este año cuando por falta de mantenimiento se derrumbó una parte de la casa que lo contenía, que nunca fue declarada patrimonio a pesar de las continuas protestas de los ciudadanos. El parque es un lugar de referencia y el mural era sin duda parte del imaginario colectivo.

Antes:

Fuente:http://www.panoramio.com/photo/1786202
Fuente: http://www.lapatria.com/image/manizales-132

Ahora:

Poco a poco se fue convirtiendo en un espacio descuidado por las autoridades responsables, en este caso la Sociedad de Mejoras Públicas, pero como es de esperarse este tipo de obras nunca está dentro del presupuesto. La inseguridad que la podríamos atribuir en parte al diseño pero también a la falta de vigilancia (se podría debatir mucho al respecto) es un tema del que toda la zona se queja y contribuye a la degradación del espacio público. El Parque de los Enamorados pudo ver cómo se convertía de un parque de historias a un simple paradero de buses.

La falta de mantenimiento tocó también a la fuente de agua, elemento jerárquico dentro del diseño que antes fuera sitio de encuentro y de disfrute visual pasó a ser un charco de agua negra, y por último como medida de emergencia el agua terminó por desaparecer completamente.

Es aquí en donde surgió la posibilidad de realizar una pequeña protesta, una intervención mínima y más que física, simbólica, para rescatar el agua que reclama el parque. Un contacto con la naturaleza en medio del gris de la ciudad.

La intervención

Para la realización de esta pequeña ‘acción urbana’ se pensó en un concepto muy sencillo: “El Agua es vida”. Pero a esta fuente se le acabó la vida y con ella la de los peces. La idea fue realizar algo de bajo presupuesto y preferiblemente de colores vivos que llamaran más la atención.

Dentro de la Fuente sin Vida yacen peces muertos que no pudieron sobrevivir sólo de aguas lluvias.


Se dejaron las figuras de forma temporal, aproximadamente 4 horas, para generar interés o al menos una mirada fugaz sobre los peces en el fondo de la fuente seca, como homenaje a este parque y a la memoria de lo que fue y aún reside en los habitantes de la ciudad.

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